Hoy quiero compartir contigo el concepto de hambre falsa y hambre verdadera, y de como repercute en tu salud y por lo tanto en tu peso. Es posible que ya hayas oído hablar de este tema, pero también es muy posible que te sorprenda oír hablar de hambre falsa, porque ni se te había pasado por la cabeza que eso que tu sientes como hambre, realmente no lo sea.

 

Empecemos por definir qué es el hambre. El hambre es una llamada natural del cuerpo para comer, indica que está preparado para recibir el alimento y que por lo tanto es capaz de gestionarlo adecuadamente. Es decir, es capaz de extraer de él los nutrientes que necesita y aprovecharlos para su mejor bien. Esta llamada natural es una sensación agradable, que se percibe en la boca y en la garganta, y que definimos como hambre verdadera.

 

¿Qué es entonces el hambre falsa?

 

Piensa en cuantas veces al día comes porque es hora, porque has visto un alimento que te ha llamado la atención, porque has quedado con alguien y te tomas un refresco y una tapa, porque has sentido dolor de estómago, porque has sentido mareo, porque estás en un proceso de enfermedad y crees que debes comer para ayudarlo, porque estás furiosa o triste, etc.

 

Cada vez que comes por esos motivos tu hambre no es verdadera, es falsa.

Igual estás pensando, ¿y qué problema hay por comer en esos momentos?

 

En primer lugar tu cuerpo no está preparado para ingerir nada, y por lo tanto tu digestión no será correcta y producirá toxinas que tu cuerpo debe gestionar, con el consecuente gasto de energía. Los alimentos que comemos deben cumplir la función de procurar al cuerpo las herramientas que necesita para llevar a cabo sus funciones vitales, y no ser una fuente de toxinas que desemboca en molestias, enfermedades y desequilibrio en el peso.

 

Tenemos la creencia firme de que podemos comer cuando nos venga en gana, y que nuestro cuerpo tiene que poder apañárselas para seguir como si nada. Es decir, hemos dejado de respetar nuestro cuerpo y lo sometemos constantemente a nuestros caprichos.

 

Por otro lado, comer cuando se está enfadado, triste o angustiado, provoca una evasión de nuestras propias emociones, que desemboca en una adicción por la comida y una mala gestión emocional.

Es el pez que se muerde la cola, me siento mal y como, y como como, me siento mal.

 

Cuando queremos tapar una emoción que no sabemos manejar utilizamos la comida, pero no cualquier comida, suelen ser alimentos procesados y adictivos que siguen ensuciando nuestro cuerpo y por lo tanto desequilibrando nuestro peso.

Escuchar nuestras propias emociones y ver qué hay detrás de ellas, qué necesidades no cubiertas tenemos, es nuestro trabajo, nuestra responsabilidad y la mejor manera de querernos y cuidarnos.

 

Ahora bien, ¿qué podemos hacer con respecto al hambre falsa?

 

  • Podemos identificar el hambre falsa, y para eso el primer paso es responsabilizarnos. Comprender la importancia de la alimentación en nuestra vida y coger las riendas, tomar responsabilidad. Ese es el primer paso, estar dispuestos a trabajar por nuestra salud y bienestar, y comprender que va a requerir de nuestro trabajo, pero que también nos dará muchas satisfacciones y mayor control sobre nuestra vida.

  • Comer alimentos y no comestibles. Los alimentos nos aportan nutrientes y no nos esclavizan, los comestibles (procesados de la industria alimentaria) nos ensucian y nos convierten en sus sirvientes a costa de nuestra salud.

  • Aprender a escuchar nuestro cuerpo. Cuando sientas hambre para y piensa, de dónde viene, cómo es. Es un hambre agradable o es voraz y molesta. Si es agradable come, si es molesta deja pasar una media hora, bebe un vaso de agua, invierte el tiempo en otra tarea agradable para ti y observa si desaparece.

  • Aprender a escuchar nuestras emociones. Cuando nos sentimos mal, tristes, enfadados, angustiados, recurrimos muchas veces a la comida. En lugar de eso, para, observa tu emoción, identifica que automáticamente sueles taparla con comida, y decide otra cosa. Decide hacer otra cosa diferente, date una ducha, ponte música, sal a caminar, llama y mantén una conversación agradable, o simplemente respira. Parar un minuto, un sólo minuto, y respirar. Centrar la atención en el aire que entra y sale, incluso agradecer ese momento en el que has decidido actuar de otra forma.

Como ves hay un trabajo personal cuando queremos hacer cambios en nuestra alimentación, porque nos preocupa nuestra salud o nuestro peso, o ambas cosas. Pero este trabajo no tiene porque ser sacrificado y desagradable. Cuando los cambios se hacen de una forma ordenada y consciente, y realmente nos nutrimos, nuestro cuerpo empieza a jugar a nuestro favor y todo se hace más fácil.

 

Esa ha sido mi experiencia personal y la de muchas personas con las que he trabajado. Cuando empiezas a ingerir alimentos permites que poco a poco las piezas se vayan recolocando, permites que tu cuerpo trabaje para ti porque tú has empezado a trabajar para él, ahí está la recompensa.

 

Hay una cosa que me encanta, y es que las personas que llegan a mi, con ganas y motivación, la primera semana suelen empezarla con la duda de si serán capaces. Al pasar la primera semana vienen sorprendidas de haberlo conseguido y además sin sufrir, con trabajo, sí, pero sin sufrir. Empiezan a identificar el hambre falsa y a comprender que se trata de un proceso personal, de compromiso y amor hacia ellas mismas. Y eso ya queda ahí para siempre, su mente lo graba y la primera pieza queda ya colocada.

 

Así que no te asustes, no creas que este trabajo no es para ti, y que no eres capaz. A veces no nos sentimos capaces, ni con fuerzas, o recordamos otras experiencias que no fueron agradables, y nos seguimos aferrando a aquello y no nos damos una nueva oportunidad. Destierra esas creencias y empieza a hablarte de otra manera. Tú eres capaz como lo somos todos.

 

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